Admito que me gustan las películas de James Bond. Los más de 50 años que el agente 007 lleva pululando por las pantallas han dado para mucho, en su mayor parte tirando a malo y a veces, sólo a veces, razonablemente bueno. Pero no se puede negar que las “pelis Bond” han constituido casi siempre un buen entretenimiento, del mismo modo que no se puede negar su enorme influencia en la historia del cine, particularmente durante los años 60.
La peli más exótica de la saga 007 merece un cartel a su altura.
En aquella década, la serie vivió su indiscutible edad de oro. La popularidad del personaje creado por Ian Fleming era inmensa, y el éxito de sus películas era tan rotundo que generó toda una industria a su alrededor, así como una legión de imitaciones. Desde Modesty Blaise a James Tont, pasando por Flint o el televisivo Superagente 86, todo el mundo quería sacar tajada del fenómeno de moda. Por ello no es difícil imaginar el semblante que se les quedó a los productores de la serie cuando Sean Connery se hartó de un personaje al que le debía todo, pero que en ese momento se había convertido en un pesado lastre para él. Connery dijo basta, y a los responsables de las “pelis Bond”, que no estaban dispuestos a renunciar a tan pingüe negocio, les tocó buscar a un sustituto capaz de dar nueva vida a 007.
A estas alturas, no puedo sentir más que un enorme respeto hacia George Lazenby, un modelo australiano sin experiencia alguna como actor, quien tuvo la valentía de afrontar un reto que casi todos habríamos rechazado incluso a cambio de una montaña de oro. Desde luego él no era tonto: sabía que se la jugaba en un envite cuyas posibilidades de éxito eran virtualmente nulas. Pero era una gran oportunidad, así que logró convencer a los productores y se preparó lo mejor que pudo para el papel.
«Mis cojones contra los vuestros. Y perderéis».
El paso del tiempo ha terminado por convertir a 007 al servicio secreto de Su Majestad en una cinta de culto. Una rara avis que se adelantó por dos décadas a los filmes del Bond “humanizado” que protagonizó Timothy Dalton, y que en lo referente a la imagen de las “chicas Bond” se encuentra a la altura de las últimas entregas donde la mujer, lejos de ser un florero que acompaña al héroe, toma parte activa (y de qué forma) en la historia, la cual tiene un notable peso específico sobre la acción pura y dura. Desde este punto de vista el guión y la forma de perfilar los personajes en el mismo resultan algo excepcional, sobre todo si lo comparamos con lo que vendría después, y sólo por esto la película ya entretiene bastante. Pero hay más detalles por los que merece la pena recordarla, como el precioso Aston Martin DBS que conduce Bond, los sempiternos créditos iniciales del gran Maurice Binder (hechos a modo de homenaje a los filmes anteriores) y la espléndida música de John Barry que los acompaña, sin olvidar la canción We Have All The Time in the World, que con la inconfundible voz de todo un tótem como Louis Armstrong es una de las baladas más bonitas de toda la saga.
Como defecto más gordo cabría destacar la presencia de John Glen en el staff técnico, un auténtico cáncer que esta vez figura al mando de la segunda unidad y se encarga de editar el metraje. Sus “mañas” se dejan sentir en las escenas de acción, coreografiadas de pena (en esto parte de culpa la tiene el propio Lazenby, al que se le nota en demasía su falta de experiencia) mal rodadas y peor montadas. La profusión en el uso de trucos como la cámara rápida y los fondos superpuestos (además mal usados, por añadidura) hacen que en ocasiones el filme se sitúe a la altura de una película cómica de los años 20. Desastroso es decir poco, aunque por fortuna algo se puede salvar de la quema: la escena del alud de nieve o la del rescate de Tracy sí que están a la altura de lo que cabría esperar.
Lo que es seguro es que al bueno de George Lazenby no se le puede reprochar nada. Si tenemos en cuenta que no tenía ni puta idea de actuar cuando consiguió el papel, su trabajo en la película puede calificarse como mínimo de digno, y en algunas ocasiones logra recordar al Connery más socarrón, como cuando dice aquello de “eso no le habría pasado al otro Bond” en la secuencia anterior a los créditos. De hecho no fue una mala actuación lo que le impidió repetir en el personaje, sino su cabezonería a la hora de negociar el contrato y un divismo subido, que hicieron que los productores terminasen mandándole a la mierda, lo que de paso llevó a pique su incipiente carrera. Desde luego no era Connery (y tengamos en cuenta, por añadidura, que en ese momento la sombra del escocés era más alargada que nunca). Ni siquiera era un gran actor, pero está claro que algunas de las “leyendas negras” que circulan sobre él resultan completamente falsas. Como también es falso que la película fuese un fiasco en taquilla, que no lo fue ni mucho menos. A mí no me hubiese importado ver a Lazenby en un par de filmes Bond más, en lugar de al discutible Roger Moore. De ese sí se puede decir con toda justicia que fue el peor 007 de toda la historia.
Para saber más sobre el universo Bond tenéis por ejemplo esta interesante web.
Resultado: Aplausos, con un par.
(Este artículo fue publicado inicialmente por Leo Rojo en COMPUTER-AGE.NET y se reedita con el permiso de su webmaster).