Con ustedes ese polémico documental de HBO que tanta polvareda generó tras su estreno, tanto a favor como en contra de su protagonista. Porque ese no es otro que Michael Jackson, por mucho que quienes acaparen la narración sean dos personas que claman haber sufrido abusos sexuales del cantante durante años.

Dividido en dos partes, la realidad es que Leaving Netherland no descubre nada nuevo independientemente de lo que uno pueda pensar tanto de los denunciantes como del denunciado. Los primeros, que no se cortan a la hora de describir con pelos y señales los abusos que presuntamente sufrieron pero sin aportar prueba alguna de ellos, han sido señalados por los defensores de Jackson como unos jetas: tras haber defendido al rey del pop (y de forma reiterada) durante los juicios a los que fue sometido, han pasado a señalarlo con el dedo diez años después de su muerte y uno de ellos llegó a interponer una demanda multimillonaria contra sus herederos, desestimada porque los cargos ya habían prescrito. Los hijos de Michael contraatacaban a su vez demandándole a él, y un sobrino prepara un «contradocumental» en respuesta al que nos ocupa.

En cuanto al segundo, el ya citado (ex)rey del pop, pocos dudan a estas alturas que era un tarado, más allá de con quién le gustase retozar en la cama. Verte privado de infancia mientras tu padre te «educa» a base de hostias no puede ser positivo, y el comportamiento mostrado por Jackson en cuanto alcanzó la madurez lo confirma más allá de las extravagancias asociables a un astro de su categoría. Icono representativo de una época absolutamente nefasta (los ochenta) que no es otra que el germen de la actual,

Jackson aún disfrutaba del éxito cuando en 1993 llegaron las primeras denuncias de abusos contra él, silenciadas aparcando un camión de dinero frente a la casa de sus acusadores. Esto y el apresurado matrimonio del músico con la hija de Elvis no hicieron sino acrecentar los rumores en vez de acallarlos, y su carrera prácticamente quedó herida de muerte. El posterior juicio al que fue sometido en 2005, luego de que la policía encontrase toda clase de material repugnante en su casa, le dio la puntilla confirmando la evidencia de que cuando el río suena agua lleva, aunque Michael fuese encontrado «no culpable» y de este modo lograse esquivar una pena de veinte años de cárcel.

Más allá de hechos que hablan por sí mismos sobre la conducta de Michael Jackson o la certeza de que sus relaciones con los demás no fuesen muy saludables, lo verdaderamente relevante de Leaving Neverland es el papel de las familias. Independientemente de que Jackson fuese o no un pederasta, si alguien sale mal parado esos son los padres de quienes confiesan sus presuntos abusos. Esos padres no tenían reparos en permitir que sus hijos durmiesen a solas con Michael en su habitación, y aceptaban toda clase de prebendas del cantante en momentos tan delicados como cuando le estaban acusando de pederastia.

El documental refleja la explotación infantil de los padres que quieren tener hijos artistas para mejorar su vida. La de ellos, la de los padres, no la de los hijos; críos a los que puede quedarles una edad adulta tan maltrecha como la del propio Michael, obligado a trabajar en el mundo del espectáculo desde muy niño. En Leaving Neverland se explica que la madre de una de las familias involucradas utilizó la amistad entre su hijo y la estrella para romper un matrimonio que no la satisfacía. La otra familia testificó a favor del cantante casualmente justo cuando este les perdonó el dinero que les había prestado para que se comprasen una casa. Son temas que hacen pensar, y mucho, sobre la responsabilidad de su comportamiento.

Más allá, Leaving Neverland es bastante mediocre. Su duración (¡cuatro horas!) es a todas luces exagerada para lo que cuenta, que bien podría resumirse en la mitad de tiempo o incluso en menos. Además está calamitosamente filmado, con una absurda profusión de tomas aéreas que no aportan absolutamente nada y un cariz deliberadamente sensacionalista y morboso que sólo busca generar polémica para vender, algo que ha conseguido plenamente logrando despertar, a modo de guinda, la escalofriante bestia del puritanismo yanki. Todo muy chusco, torticero y cansino. Y por añadidura muy aburrido, porque la miseria y decadencia de Michael Jackson (culminada en una muerte prematura al nivel del juguete roto en que se había convertido) es una historia que ya nos sabemos de pe a pa.

Resultado: abucheos.

Ficha en la IMDB.

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