Documental en cuatro entregas producido por Movistar+ sobre al accidente aéreo de Palomares, hoy casi olvidado pero que en su momento tuvo una repercusión a nivel mundial que permaneció inalterada durante años. El 17 de enero de 1966 dos aviones militares norteamericanos que volaban a 10.000 metros de altura sobre la localidad almeriense de Palomares, colisionaron en pleno vuelo. El primero era un avión cisterna KC-135, mientras que el otro era el bombardero al que estaba repostando en el aire, un B-52 cargado con cuatro bombas termonucleares cada una decenas de veces más potentes que la de Hiroshima. La suerte quiso que ningún fragmento de los aviones impactase en las casas del pueblo o matase a alguno de sus habitantes, de igual modo que no quiso que las bombas estallasen provocando un desastre de proporciones bíblicas. Hasta que ocurrió la catástrofe de Chernóbil, fue el accidente nuclear más grave de la historia.
Sobre las declaraciones de testigos y miembros del ejército estadounidense implicados en el accidente o en el posterior rescate de las bombas, Palomares utiliza una mezcla de documental y ficción para reconstruir los sucesos centrándose en dos vertientes. La primera, y también a la que más tiempo se dedica, es el espectacular operativo de búsqueda montado por los norteamericanos. Vendido como un triunfo sin paliativos del american way of life y la eficacia de su enorme capacidad científica y militar, fue en realidad una chapuza, y bajo el mando de un almirante sobrado de ineptitud y afán de protagonismo, sólo la suerte (de nuevo, una vez más) quiso que se recuperasen todos los artefactos. Escudados en todo momento por el secretismo que envolvía toda la operación y respaldados sin cortapisas por el Gobierno español, los estadounidenses no hicieron casi nada por ayudar a las víctimas ni para compensarles el daño causado.
La segunda vertiente gira en torno al papel jugado por el gobierno del dictador Franco que en 1953, y con la idea de mantenerse en el poder por siempre jamás, había poco menos que regalado España a los norteamericanos a cambio de una pírrica ayuda económica y militar. Los acuerdos (secretos, of course) prácticamente permitían a la superpotencia, ocupante de facto, hacer y deshacer a su antojo sobre suelo español, de modo que sucesos como el de Palomares sólo eran cuestión de tiempo.
Los mandatarios de la repugnante dictadura fascista que mantenía sojuzgado al país gestionaron la crisis de forma tan mezquina como sólo en ellos cabía esperar, culpando del accidente a la OTAN por permitir que aviones cargados con armas nucleares sobrevolasen suelo español, relacionándolo todo con Gibraltar y levantando una gruesa cortina de censura que sólo podía burlarse escuchando emisoras de radio ilegales que transmitían desde el extranjero. Cuando aquello ya era imposible de encubrir por razones obvias, se escenificó un ridículo sainete publicitario con el ministro de Información y Turismo Manuel Fraga dándose un chapuzón en una playa de la zona acompañado por el embajador yanki, para demostrar que allí todo era tope chachi y no había peligro alguno para nadie. Poco después las autoridades dieron el visto bueno a las tierras de cultivo donde se había depositado plutonio tras el impacto de las bombas contra el suelo, en teoría descontaminadas. Años después se supo que todo era falso y hoy, los desventurados habitantes de Palomares siguen luchando porque se reconozca su situación mientras el Gobierno (ahora presuntamente democrático) continúa mirando hacia otro lado.
«Circulen, que aquí no ha pasado nada».
En general Palomares podría considerarse más o menos aceptable, pero sus defectos acaban echando por tierra sus intenciones, a las que tanto bombo se ha dado publicidad mediante. De entrada la duración total, superior a las tres horas y media, se antoja excesiva para lo que debe contar. Baste citar que el documental de 2007 Operación Flecha Rota cuenta lo mismo en apenas noventa minutos y en general lo hace mejor, lo que es bastante significativo. Pero quizá el mayor problema de Palomares reside en las molestias que se toma para cargar las tintas de lo ocurrido sobre Estados Unidos y su ejército mientras difumina el papel jugado por la dictadura franquista, igualmente muy discutible cuando no directamente execrable. Es una actitud decepcionante, pues cabría esperar una mayor implicación a la hora de desvelar sin ambages ese papel, clave para el desarrollo de los hechos por el colaboracionismo (que no servilismo) de la dictadura. Resulta particularmente molesto tener la sensación de que se intenta blanquear la enana figura de Franco, que se nos presenta como un hombre muy preocupado por lo ocurrido cuando en realidad fue el máximo responsable.
Y aunque no obvie críticas contra los gobiernos pasados y presentes especialmente durante el último capítulo, se sigue echando en falta más arrojo a la hora de denunciar una gestión que merece ser atacaba con una saña inmisericorde. Sirva de ejemplo que la anécdota antes comentada sobre la implicación de la OTAN y Gibraltar ni se menciona (aparece hasta en la Wikipedia inglesa, no es que haga falta partirse los cuernos documentándose), como tampoco se menciona la presión creciente que la UE ejerce a día de hoy sobre el Gobierno español para que limpie de una vez por todas los terrenos contaminados en Palomares, tal como se menciona en esta noticia. De igual modo Fraga, una hiena en lo político y personal que hizo uso de todo un repertorio de inmoralidades durante la crisis, queda «blanqueado» en la famosa escena del baño a costa del embajador americano en España, cuyo retrato es el de un palurdo bastante memo. Y así con todo, o casi.
Total, que pinta a que el director del documental y sus colaboradores, adalides de la libertad «sin censura» como ellos mismos no se cansan de proclamar junto a la productora, se acojonaron ante la posibilidad de levantar ampollas que generasen demandas contra ellos en los juzgados. Que lo de vivir del cine en España está chungo, hoy más que nunca, y como hacer cine mola más que currar sirviendo hamburguesas detrás de un mostrador, tampoco es cosa de cerrarse puertas molestando a quien no se debe. Eso sí: cada episodio exhibe un título propio de esos guionistas que se creen muy ocurrentes, y la realización mezcla de realidad y ficción queda muy cool al menos a ojos del director, algo que «está muy de moda» según afirma él mismo.
Al final, lo más positivo de este documental con tufo a progre y pretencioso (quizás lo único dado que, al contrario de lo que alardea, tampoco descubre nada nuevo a estas alturas) es que gracias al sostén de la poderosa empresa que lo financia y distribuye, contribuirá a mantener vivo el recuerdo de una tragedia cuyo impacto, pese al tiempo transcurrido desde que sucedió, sigue aún muy presente.
Resultado: más bien abucheos.