Desde que existe Internet, el mundo de la cultura ha cambiado dramáticamente, y en especial el de la música. Hoy, cualquier palurdo con un ordenador y unos conocimientos muy básicos puede grabar un disco, grabar un videoclip con un smartphone, subirlo todo a la Red y convertirse en una estrella. Hace unos años, tampoco muchos, las cosas funcionaban de manera harto diferente: los estudios de grabación eran templos presididos por inmensos y complicados artilugios, y en ellos un pequeño ejército de profesionales se encargaba de crear y dar forma a los dioses de la música popular. Uno de aquellos templos fue Sound City.

Sound City nació en 1969, cuando dos tipos se asociaron para comprar un local en un suburbio de Los Ángeles y convertirlo en un estudio de grabación. Aquello era un tugurio, pero de allí surgieron artistas de la talla de Fleetwood Mac, REO Speedwagon o Rick Springfield y allí grabaron algunos de sus mejores discos. Allí Nirvana grabó el legendario Nevermind, que salvó al estudio de la ruina en 1991. Pero la revolución tecnológica impulsada por los nuevos medios digitales era implacable, y Sound City acabaría cerrando sus puertas. Con la filmación de un documental, Dave Grohl, antiguo batería de Nirvana y líder de Foo Figthers, decide ahora rendir merecido homenaje a aquel lugar mágico, a los artistas que por él pasaron y a los profesionales que en él trabajaron.

El resultado de la apuesta difícilmente puede ser más brillante. Los que no conozcan a Dave Grohl más allá de Foo Fighters o Nirvana quedarán sorprendidos al comprobar que hay estrellas de rock con algo más que serrín en la cabeza, y que además poseen un gusto musical exquisito. Más que gusto, pasión. El propio Grolh lo demuestra otorgando el protagonismo a la música por encima de los músicos que aparecen en la película, aunque la auténtica protagonista del cotarro es la mesa de mezclas Neve que presidía Sound City, responsable última de la fama del estudio por la personalidad que imprimía a cada disco y hasta a cada canción, diferente según quienes la controlasen. Nada que ver con la anodina uniformidad del mundo digital, donde todo parece cortado por el mismo patrón, algo digno de una pesadilla orwelliana.

En ese sentido, Sound City manda un claro aviso a las nuevas generaciones de rockeros que sueñan con llenar estadios ayudándose únicamente del Pro Tools que tienen instalado en el ordenador de su cuarto. No se trata de vender que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino de establecer un vínculo emocional con el espectador a través de la música. De la música de verdad, aquella cuyos músicos han de saber tocar porque no hay ningún aditamento de alta tecnología que encubra sus errores. Y este magnífico documental lo consigue plenamente.

Resultado: aplausos multitudinarios de un público enfervorizado.

Ficha en la IMDB.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.