Fallido biopic del líder político y militar inglés Oliver Cromwell, quien a mediados del siglo XVII se enfrentó a la autoridad del rey Carlos I por sus abusos al gobernar como un déspota autócrata, pasándose por el forro la soberanía del Parlamento. La sublevación provocó una guerra civil que acabó con el soberano derrotado, juzgado y ejecutado, convirtiendo a Cromwell en el máximo dirigente de Inglaterra durante el único periodo republicano de toda su historia.

Tal como he escrito antes, Cromwell es un biopic, género que tiende a ensalzar la figura del personaje al que retrata. Este caso no es la excepción, mostrando al protagonista como un adalid de la democracia (entendida desde el punto de vista actual, un planteamiento absolutamente erróneo), cuando en realidad Cromwell acabó aglutinando más poder que el mismísimo rey y ordenó toda clase de escabechinas guiado por su fanatismo religioso. Cuando murió, solo cinco años después de asumir el control del país, la monarquía fue restituida en la persona del hijo del rey Carlos, si bien este hubo de someterse al Parlamento y aceptar cambios en el régimen de gobierno que en parte habían sido impulsados por Cromwell durante su mandato. Eso no libró al finado de ser sometido a juicio y decapitado post mortem. A modo de escarnio, su cabeza estuvo expuesta al público durante décadas.

En la película, centrada en los hechos acaecidos durante la Guerra Civil y el posterior enjuiciamiento de Carlos I, lo primero que llama la atención es que hay pasta. El productor Irving Allen (no confundir con el «Maestro del desastre») logró reunir un jugoso presupuesto para recrear la época de Cromwell, filmar algunas escenas de batalla espectaculares, y contratar a un grupo de prestigiosos actores británicos encabezado por Richard Harris, quien con su habitual tendencia a la sobreactuación se pasa toda la película hablando a voces y torciendo el gesto ostentosamente mientras hace gala de un fervor religioso digno del telepredicador más fundamentalista. Vale que Cromwell era muy puritano (de hecho pertenecía al segmento más conservador de la facción puritana del Parlamento) y tenía un carácter ocasionalmente volcánico según se dice, pero cuesta imaginarle tal como Harris le retrata, bordeando continuamente la enajenación mental. Mucho mejor está Alec Ginness como el ladino rey Carlos, adecuadamente secundado por Dorothy Tutin como su consorte Enriqueta María de Francia. Pese a los esfuerzos por vender el filme como una gran epopeya histórica al más puro estilo hollywoodiense Cromwell fracasó en taquilla, lo que no quita para que hoy pueda verse con interés porque lo merece, si somos capaces de soportar la histriónica exhibición interpretativa que el director Ken Huges le permitió a Harris.

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