El éxito de Cadena perpetua (tardío, pero éxito después de todo) llevó a Frank Darabont a hilvanar un plan para su siguiente proyecto que es norma en Hollywood desde sus inicios: repetir la fórmula con la que has triunfado. Así pues, tomó otro drama carcelario escrito por Stephen King (en este caso un folletín por entregas tan flojo como todo lo que este buen hombre suele escribir), pero a diferencia de The Shawshank Redemption, el toque sobrenatural de esta historia la hacía más creíble, por sorprendente que pueda parecer.
Con un reparto encabezado por Tom Hanks, que durante los años noventa del siglo pasado fue la cara más popular del cine estadounidense y no hacía más que encadenar éxitos bendiciendo con su presencia cualquier película que protagonizaba, Darabont firmó su mejor trabajo, acogido con un entusiasmo inmediato (esta vez sí) traducido en cifras de taquilla más que buenas, aunque a la hora de recibir premios no le fuese tan bien.
Imagino que a su director (y también guionista) eso último le importaría más bien poco, dado que a la hora de la verdad lo que cuenta con una película es hacer pasta y la espina de Cadena perpetua dolía y mucho. La milla verde le permitió sacársela de forma muy digna con una de esas pelis «académicas» que suelen gustar al público mayoritario por su gran carga emocional, acrecentada por obra y gracia de la poética música de Thomas Newman, experto en componer melodías que facilitan que el espectador suelte una lagrimilla llegado el momento. La historia, que no esconde un feroz alegato contra la brutalidad inmisericorde de la pena de muerte y a la que no le falta un evidente tinte religioso por ser el gigantesco John Coffey un claro remedo de Jesucristo, está lo bastante bien llevada a la pantalla como para que sus tres horas largas se hagan más cortas de lo que son. A ello se añade la guinda de una perfecta realización formal (vamos, que la cinta está muy bien dirigida, rodada y montada), destacando su magnífico diseño de producción.