Quizás la mejor película de Robert Zemeckis al tiempo que uno de sus mayores éxitos: en la actualidad todavía figura como la quinta con mayor recaudación de su carrera ajustando precios a la inflación. Concebida por Disney como un encargo sobre la base de una novela publicada en 1981 por el escritor y humorista Gary Wolf, fue convertida ¡tras cuarenta borradores! en un guión viable para el cine por Jeffrey Price y Robert Seaman. Sorprende el buen resultado final teniendo en cuenta que este par de individuos es igualmente autor del guión de Wild Wild West, así como de otro buen puñado de medianías.
Pero también sorprende teniendo en cuenta la dificilísima gestación de un proyecto inicialmente presupuestado en 30 millones de dólares que acabó costando setenta tras dos años de rodaje. Tan difícil que se llegó a rumorear que la película estuvo lista sólo doce horas antes del primer pase. Un primer pase que, por cierto, no gustó nada a los mojigatos directivos de Disney por las insinuaciones sexuales y la violencia (!) mostradas en la cinta. Pero tuvieron que aguantarse: Zemeckis, por mediación de su entonces toopoderoso valedor Steven Spielberg, tenía el control absoluto sobre el montaje final, y los dueños del ratón Mickey no podían tocar ni un fotograma. Ya que hablamos de fotogramas, en su momento se dijo que aquellos con secuencias de animación habían sido creados o retocados usando técnicas digitales. Lo leí no recuerdo ahora dónde, pero nada más lejos de la realidad: todo es fruto de una mezcla (muy complicada, eso sí) entre animación tradicional hecha a mano, trucos ópticos y efectos de iluminación añadidos con posterioridad a la fotografía principal, alguno de ellos tan ingenioso como filtrar luz a través de una bolsa de plástico rellena con lana de acero para simular brillo de lentejuelas en el sensual vestido de Jessica Rabbit.
Por lo demás ver ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (el título original, Who Framed Roger Rabbit, elude los interrogantes porque incluirlos se consideraba seña de mal agüero) sigue siendo una actividad muy disfrutable. La mezcla resultante de homenajear al mismo tiempo el cine negro de los años cuarenta del pasado siglo y los años dorados de la animación nortemericana (con la Warner y la propia Disney como portaestandartes) funciona a las mil maravillas, y aunque los guionistas escribieron un texto simpático con la mente puesta en el público infantil y juvenil, siendo como eran admiradores de películas como Chinatown (a la que homenajean en secuencias como aquella en la que Roger Rabbit observa unas fotos que demuestran que su mujer le engaña), añadieron un toque perfecto para que los adultos puedan verla igualmente sin acomplejarse. Bob Hopskins, que tuvo que emplearse a fondo para interactuar con «dibus» de modo convincente, está espléndido interpretando al amargado Eddie Valiant y dando la réplica al malo de la función, el por entonces habitual de Zemeckis Christopher «Doc Brown» Lloyd, tan pasado de rosca como en él era costumbre. Si no más, dada la singularidad del su papel.