Desde el nacimiento del personaje al final de los años treinta, Hollywood había soñado con filmar a lo grande las aventuras de Superman, pero hubieron de pasar cuatro décadas para que Los avances tecnológicos lo permitiesen. La rocambolesca historia de las míticas películas protagonizadas por el malogrado Christopher Reeve daría para un libro de los más gruesos y por tanto no nos explayaremos demasiado con ella (si lo desean pueden acudir a la Wikipedia inglesa, bastante bien documentada al respecto), pero podría resumirse en el enfrentamiento de los productores contra todo bicho viviente, con batallas judiciales de por medio y todo.
Ilya y Alexander Saldkin eran dos productores a la vieja usanza de la Meca del cine avaros, truhanes y miserables (en resumen: unos hijos de puta) que pese a haber hecho fortuna con Los tres mosqueteros en 1973 habían dejado a deber dinero incluso al director Richard Lester, abanderado del Free Cinema inglés en la década de los 60. El elegido para dirigir Superman y su secuela había sido su tocayo Richard Donner, que tampoco se libró de sufrir un autentico infierno en el que las dificultades de un rodaje que llevaba al límite la tecnología cinematográfica casi fueron lo de menos. El empeño de los productores por filmar simultáneamente Superman y Superman II resulto un fracaso ante los retrasos y el desmesurado aumento del presupuesto, así que finalmente aceptaron una propuesta de Donner para suspender el rodaje de la segunda entrega y centrarse en acabar la primera para poder estrenarla en la Navidad de 1978.
La idea resulto acertada y Superman barrió las taquillas, pero las relaciones entre Donner y los Saldkin eran ya tan malas que el director nunca terminaría la secuela, filmada en un 80 por ciento. Le sustituiría… Richard Lester, en lo que Donner considero una puñalada trapera: Lester, que había aceptado ayudarle a cambio de que los Saldkin enjugasen la deuda que tenían con él, se había convertido en uno de sus mejores amigos y medió entre el director y los productores en los momentos más bajos de su relación. En estas circunstancias, Donner no se lo tomó demasiado bien cuando se enteró, prácticamente de la noche a la mañana, de la jugarreta que le habían preparado; más aún cuando Dick Lester había solicitado expresamente que su nombre no apareciese en los créditos de la primera película para no perjudicar a su colega.
«Sólo estoy aquí para recuperar el dinero que los Salkind me deben», dijo. Incluso rechazó la oferta en primera instancia, pero volvieron a llamarle (esta vez por mediación de la Warner, que distribuiría la cinta y le quería como director) ofreciéndole el doble de sueldo. Superman II sería otro éxito, pero Richard Donner siempre despreció la película afirmando que su otrora amigo se la había cargado («todo lo bueno de Superman II es mío«). Los actores, que apoyaban al famoso director de Los Goonies y Arma Letal tampoco se mordieron la lengua a la hora de acusar a los Saldkin de indignos, arteros y despreciables. Por fin, en 2006 se apadrinó un proyecto para rescatar lo que tendría que haber sido el Superman II de Donner, montando la película según su visión original y restaurando imagen y sonido mediante procedimientos digitales.
Llegados a este punto, la pregunta es obligada: ¿en qué se diferencia esta versión de la conocida por todos? Pues aunque ambas sean básicamente la misma película, hay cambios notables en secuencias clave que no detallaremos en interés de aquellos que quieran verla. A grandes rasgos, el inicio es totalmente diferente y entronca directamente con la primera parte, suprimiendo la secuencia en la torre Eiffel de París y explicando de forma mucho más clara por qué Zod y sus secuaces, encerrados en su prisión espacial, dan con sus huesos en las cercanías de la órbita terrestre. La forma en que Lois Lane descubre la identidad secreta de Clark Kent es también diferente (más lógica aunque menos cómica) así como el final, que tal vez resulte algo tosco aunque quita de en medio, por fin, la bochornosa imagen de Superman llevando en volandas la banderita yanki hasta la Casa Blanca. Lo más llamativo reside en la presencia de Marlon Brando, cuyas escenas fueron eliminadas por los Saldkin para evitar pagarle más dinero del que ya le habían dado tras el primer Superman, y que dicho sea de paso explican de forma mucho más coherente los motivos por los que el hombre de acero recupera sus poderes tras haberlos perdido al enamorarse de Lois. A todo ello hay que añadir la inclusión de numerosos insertos, diálogos y planos descartados en la versión de Lester, que se contrarrestaran mediante recortes al montaje original de 1980.
Y ahora toca la siguiente pregunta obligada: ¿qué versión es mejor? Lo ideal es ver ambas y que cada cual saqué sus propias conclusiones, pero cabría decir que la respuesta correcta sería «ni una ni otra». Hay tramos que están mejor resueltos en el Donner´s Cut, pero en líneas generales la versión de Lester resulta más vivaz y más entretenida. En realidad, la Superman II ideal saldría de mezclar ambas películas. En la versión de 2006 se echa muy en falta, por ejemplo, la secuencia inicial en París, mientras que el tramo central con Brando añadiría mucha más «chicha» a la versión original. Lo mejor que puede hacerse, insistimos, es ver ambas películas. Comparar en este caso tal vez esté de más: lo primordial es disfrutar de una experiencia que resulta francamente interesante, a la par que curiosa por estar ante la profunda revisión de un clásico archiconocido y visto mil veces por todo el mundo.
Resultado: Aplausos. No hace falta decir más.
Richard Donner (derecha) ofreciendo un cigarrillo a Pierre Spengler, amigo de los Saldkin, «espía» suyo en el plató de Superman y, al parecer, otro cabrón. «Ojalá te dé un cáncer y te mueras de una vez, cacho perro».
Vaya tejemanejes que hay detrás de estas películas, no tenía idea de estas dos versiones de Superman II.
Pues aquí yo no cuento ni una mínima parte, advierto. El «making of» de los cuatro supermanes clásicos daría para un serial repleto de sordideces. Es lo bueno de que para poner en pie proyectos de este calibre entren al trapo auténticos facinerosos como los Saldkin (y posteriormente el tándem Golan – Globus, otros que tal), aunque sea a cambio de que otros tengan que sufrirles. A ellos y a las consecuencias de sus actos rastreros.